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¡VERGÜENZA!

En el último post analizamos una de las emociones más dolorosas y limitantes: el miedo (Perderle el Miedo al Miedo). En este me planteo analizar la que, probablemente sea la más fascinante del repertorio sentimental humano: la Vergüenza. Tan desagradable y limitante como el miedo, ¿Qué es realmente la vergüenza? ¿Cuándo resulta inteligente y adaptativo sentirla? ¿En qué situaciones será nuestra aliada, tanto individual como socialmente, y en cuáles nuestra peor enemiga? Y siendo una emoción que nos ata tan en corto, ¿Podemos aprender a aprovecharla? Si te interesa saberlo… 

I. RECONOCIENDO LA VERGÜENZA

Como siempre, dejaré que el maestro Marina me preste su definición como primer esbozo de la Vergüenza: “Posibilidad o hecho que los demás contemplen alguna mala acción realizada por el sujeto, alguna falta o carencia, algo que debería permanecer oculto y provoca unas sensaciones desagradables acompañadas del deseo de huir o esconderse”.

 La finalidad evolutiva de la vergüenza es la de controlar las conductas de los miembros que componen un grupo. Para ello, la vergüenza activa un conjunto de sensaciones desagradables, de las cuales la más visible es el sonrojo.

Como toda emoción, la vergüenza puede ser una emoción o un sentimiento. Aunque cognitivamente está emparentada con todo un conjunto de emociones similares (timidez, inseguridad, pudor, rubor, culpa), la vergüenza es, por su singularidad social y moral, la emoción más fácilmente reconocible y discernible del resto de emociones próximas.

II. UTILIZAR Y COMPRENDER LA VERGÜENZA

Sentimos vergüenza cuando creemos sufrir una pérdida de dignidad acarreada por la comisión de una acción indigna (moral y tabús sociales) o indecorosa (salubridad, sexo y genitales) que acarrea el menoscabo de la propia imagen a ojos del grupo social al que pertenecemos. La vergüenza prepara cuerpo y mente para lo más inteligente que podemos hacer cuando incurrimos en acciones insalubres o descalificantes: desaparecer, escondernos, evitar que nuestros congéneres sigan viéndonos en una situación que compromete nuestra posición en el grupo. Desde la vergüenza, sólo haremos una cosa bien: escondernos e intentar pasar desapercibidos. Recuerda el refrán que mejor resume la derivada conductual de la vergüenza: “Tierra… ¡Trágame!”

Pero tan importante como conocer qué acciones facilita la vergüenza resulta saber las que dificulta o incluso impide. De Perogrullo: la vergüenza nos impide mostrarnos en público y, con el riego sanguíneo concentrado en la cara, pensar con un mínimo de claridad. Por lo tanto, la vergüenza dificulta –y mucho- cualquier conato de interacción social, desde hablar en público a salir a la calle pasando por entablar contacto visual o una conversación mínimamente coherente. ¿Nos suena la torpeza in crescendo de nuestras acciones a medida que nos damos cuenta de la vergüenza sentida? Cualquier película de Woody Allen, especialmente con él como actor, lo ilustra a la perfección. Vergüenza por tartamudear equivale a doble tartamudeo, ergo triple vergüenza… Bienvenidos al círculo vicioso de la vergüenza.

Y esta es la clave para comprender la vergüenza: ser plenamente conscientes que es una emoción que atenta, precisamente, sobre esa reputación que querríamos salvaguardar. Qué putada: o aprendemos nosotros a manipular nuestra vergüenza… o ella ya se encargará de darnos forma a nosotros. Y no precisamente a nuestro favor.

Para su comprensión práctica y su posterior gestión cognitiva, podemos definir la vergüenza como el miedo a ser descubierto implementando acciones indecorosas o insalubres (principalmente, relacionadas con higiene, genitales o sexo) que menoscabarán nuestra imagen pública y podrían acarrear la expulsión del grupo al que pertenecemos. De ahí la fuerza de las sensaciones desagradables que acarrea. Recuerda que el humano, como bicho gregario que es, siente un terror atávico ante la más mínima posibilidad de expulsión de la manada, pues durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva dicha expulsión dividía exponencialmente las posibilidades de devorar y multiplicaba las de ser devorado. Toda una sentencia de muerte que nuestro cerebro primitivo tiene siempre bien presente. Nosotros tal vez no vivamos ya en la sábana; él, sí.

III. APRENDIENDO A GESTIONARLA

Como con el resto de emociones, conocemos las tres herramientas que podemos utilizar para incidir conscientemente sobre nuestras vergüenzas:

FISIOLÓGICAMENTE
Los patrones fisiológicos de la vergüenza, voluntariamente alterados, erradicarán o cambiarán su intensidad.

a) RASGOS FACIALES
Mejillas Tensas → Relajadas (sonrojamiento)

Cejas Alzadas → Alisadas

Ojos Abiertos → Entrecerrados

Mirada Focalizada → Panorámica, desenfocada

b) CORAZÓN
Latido Rápido e irregular → Lento y rítmico (concentración en su latir, su sonido; sin juzgarlo ni evaluarlo)

c) RESPIRACIÓN
Superficial, rápida, pectoral → Profunda, lenta, abdominal

d) TENDENCIA CORPORAL
Abajo, atrás, musculatura tensa → Arriba, adelante, musculatura laxa

Sólo uno de los rasgos de la vergüenza es difícilmente gestionable desde la fisiología: el sonrojamiento de las mejillas, que sólo podrá aminorarse hasta desaparecer desde la modificación consciente y voluntaria del resto de patrones fisiológicos. A menos que dispongamos de un sistema de climatización subcutáneo, mejor nos concentramos en modificar nuestra respiración o tendencia corporal que en refrescar el ardor de los rubores faciales. Que cuanto más sintamos, más nos avergonzarán…

PERCEPTIVAMENTE
Toma de conciencia de qué porciones de información sensorial (imágenes, sonidos, olores) están llegando a la conciencia. Conviene prestar especial atención a los suprasentidos (atención, recuerdo, imaginación). Todo ello sin juzgarlo ni refutarlo ni elaborarlo en sesudas explicaciones: sencillamente, prestándole atención y tomando conciencia de ello.

COGNITIVAMENTE
Podemos incidir sobre las creencias y pensamientos que nos provocan vergüenza mediante un set de preguntas potenciadoras que nos empujarán a analizar la situación –presuntamente- vergonzante desde una perspectiva más elaborada, basándonos en más, mejor y más pertinente información que significaremos y evaluaremos desde criterios y baremos más inteligentes y realistas. Date cuenta y reflexiona críticamente sobre los paradigmas, creencias, inferencias e ideas desde los que estás analizando la situación que te provoca vergüenza. Hablar en público, no deslumbrar a alguien con nuestra pericia, labia, carisma o potencia física… ¿Hasta qué punto son actos indecorosos? ¿Es indigno haber hecho lo hecho / no saber hacer lo que me propone este reto? ¿Es algo insalubre, asqueroso, repugnante que pone en peligro la superviviencia del grupo? ¿Infringe esto un tabú social importante? ¿Acarrearía mi expulsión de la manada? ¿Tiene esto algo que ver con bacterias, suciedad, virus, genitales o sexualidad? Y en caso de hacerlo, ¿Me parece razonable este tabú o dogma social? ¿Tan importante es si te paras a pensarlo racionalmente? ¿En base a qué estoy obligado a ello y, de no hacerlo, mi dignidad se perderá irremediablemente? Y en última instancia: ¿Acaso se arreglaría huyendo y escondiéndome?

Recuerda que, como todo sentimiento, la vergüenza no emana directamente del estímulo externo, sino de nuestra propia evaluación y significación del mismo. Y en mejorar su verosimilitud e inteligencia estriba nuestro margen de incidencia sobre cualquier emoción. No sé si mucho o poco, pero en cualquier caso todo el que disponemos.

IV. DESDRAMATIZANDO LA VERGÜENZA: exageraciones más habituales… y utilidades más desaprovechadas

De entre todas las emociones desagradables, la vergüenza es sin duda la más limitante socialmente. Por su propia utilidad: la finalidad de la vergüenza es precisamente la de controlar y contener las acciones o palabras socialmente catalogadas como indignas por la manada a la que pertenece el sujeto. Las sensaciones desagradables de la vergüenza desincentivan aquellas conductas que socavarían nuestra pertenencia al grupo y que, presuntamente, pondrían en peligro la salud o la necesaria cohesión del grupo.

Como con cualquier otra emoción, la utilidad de la vergüenza estriba en la inteligencia con que la manejemos. ¿Recuerdas el caso del miedo o la ira? Tan desadaptativo resultaba sentir miedo constante por una plaga de termitas o una patera como no sentirlo al firmar algunas hipotecas o votar según que personajuchos. Pues con la vergüenza, igual: ¿En qué se parece tartamudear en una exposición oral a que se te vea un testículo? ¿Chapurrear el inglés con oler mal? ¿Excitación sexual con robar la carne de la presa cazada entre todos? Sentir vergüenza por robar, ensuciar lo público o romper tabús razonables no es sólo lo más ético, sino lo más adaptativo tanto para el individuo como para el grupo al que pertenece. ¿Pero en qué se parecen la mayoría de cosas que nos dan vergüenza a la insalubridad? Demasiado a menudo, lo único realmente vergonzante de la vergüenza no es lo que hacemos bien, mal o regular, sino la estupidez de las razones que nos llevan a sentirla. Y con la factura de ineficiencia extra que la vergüenza lastra…

A nivel individual, en el 99% de los casos la vergüenza está totalmente infundada y resulta desadaptativa. Pero abre los ojos y mira la sociedad en la que vivimos y nuestra aportación personal a ella. Tasas de pobreza infantil pornográficas, repugnantes expolios de los recursos públicos, sucios mangoneos de plutócratas y parásitos de todo pelaje viviendo a costilla de nuestro esfuerzo diario, famoseo descerebrado soltando sandeces como panes en cuanto, por desgracia, abren la boca… ¿En serio no nos vendría bien un pelín más de vergüenza en todo aquello por lo que sentirla resultaría inteligente y adaptativo? ¿No convendría que todos nosotros, pero sobre todo según que impresentables, sintieran algo más de vergüenza mucho más a menudo? Me viene a la boca tal aluvión de nombres mediáticos que vendría tan bien que se escondieran un ratito, o como mínimo se callarán de tanto en tanto, o que al menos berrearan más flojito y con menos arrogancia…. Qué bueno sería que se dieran cuenta de lo indecoroso e impúdico de hablar alardeando de su ignorancia o actuar sin límite alguno a su insulsez pretenciosa, sin la más mínima conciencia de lo indigno de su ejemplo. Vale que muchos parlamentos, revistitas, asociaciones políticas y platós de televisión se quedarían irremediablemente vacíos, no digo que no… ¿Pero en serio perderíamos algo sustantivo si la vergüenza obligara a esconderse a según qué famosucho?

Por muy claros que tenga los límites desadaptativos de la vergüenza infundada, no por ello dejaré de vindicar esa vergüenza que tan bien nos vendría que sintieran la pléyade de famosoides agarrulados que educan con su ejemplo a nuestros hijos. Y ya de paso: ¿No nos vendría bien sentir nosotros también un poquito de vergüenza al darnos cuenta de las conductas y valores que decidimos valorar en nuestros referentes mediáticos? ¿Qué acciones y principios premiamos y promovemos con nuestras audiencias televisivas y atención? ¿Qué encarnan los ídolos a los que otorgamos pátina de éxito, seguimos y envidiamos? Ahí lo dejo… a reflexionar en cuanto el calor nos devuelva el uso de los lóbulos frontales.

La vergüenza no es una excepción: como el resto de emociones, es tan potenciadora si la utilizamos inteligentemente como limitante si ella nos utiliza a nosotros como mendrugos aborregados idolatrando mediocres. Qué maravilla de personas y sociedades construiríamos si aprendiéramos a sentir vergüenza cuando toca y dejar de sentirla cuando no. Sólo de pensarlo se me hace la boca agua. Y con la sed atrasada que tengo…
Por Jose Antonio Peral Mondaza 12 de noviembre de 2020
Ansiedad y estrés en tiempos del COVID-19
5 de agosto de 2020
Gracias a LA DICTADURA DE LA MERCROMINA, EL ABUSO DEL ALCOHOL: el morbo del propio dolor y HERIDAS Y MASOQUISMO: las sinrazones del alcohol, ya sabemos las consecuencias tanto del abuso de la mercromina y del alcohol como los condicionantes sociales y biológicos que nos empujan a la una y al otro. Y las funestas sinergias que se dan entre extremos tan presuntamente antagónicos. También vimos cuales son los presuntos beneficios de la mercromina (alivio a la corta y apariencia de sanación) y del alcohol (desinfección profunda), y los precios que pagamos por ambos. Pero teniendo tanto de malo y algo de bueno… ¿Es posible combinar la desinfección del alcohol con el alivio de la mercromina? ¿Se puede evitar la abrasión del uno y la infección postergada de la otra? ¿Existe alguna substancia que reúna todos sus beneficios sin acarrear ninguno de sus efectos secundarios? Y caso de existir, ¿Nos cae del cielo o hemos de aprender a fabricarla nosotros mismos cuándo la necesitemos? Si te interesa saberlo… I. AGUA OXIGENADA Y MADUREZ. Muy a menudo, nuestras madres no tiraban directamente de alcohol ni de mercromina, sino de Agua Oxigenada. Tal vez no desinfectara tan profundamente como el alcohol ni aliviara tan automáticamente como la mercromina. Pero curaba también y, además, no ardía con la comezón ensañada del alcohol puro. Lo mejor de ambos mundos. De niños, como no podía ser de otra manera, eran nuestras madres quiénes decidían qué utilizar, qué comprar y cómo aplicarlo sobre nuestras heridas. Una de las diferencias básicas entre la niñez y la madurez estriba en que, presuntamente, de adultos decidimos y tenemos que proveernos por nosotros mismos, y ya no queda bien el sentarnos llorando y quejarnos a papá y mamá para que nos sanen las heridas, abastezcan el botiquín y paguen ellos el precio de nuestros productos. Pero de adultos arrastramos algunas rémoras infantiloides (sólo las que nos convienen, claro), entre ellas las de quejarnos del alcohol y la mercromina en vez de enterarnos como se fabrica el agua oxigenada y ponernos a ello. Queremos que la mercromina desinfecte, el alcohol no escueza…. y que el agua oxigenada aparezca por sí sola en el botiquín. Caprichosillos que somos… La buena noticia es que el adulto puede darse cuenta de sus conductas más infantiles, y dejar de implementarlas. Una vez nos damos cuenta que a) Necesitamos agua oxigenada b) Podemos fabricárnosla nosotros mismos c) Nadie es responsable de traérnosla… ya sólo nos queda aprender la receta, levantar el culo y ponernos a destilarla. II. INGREDIENTES DE LA FÓRMULA MÁGICA. 1. ANÁLISIS DE PEORES ESCENARIOS. Para no caer en la tentación de la mercromina, podemos prever el escenario futurible más difícil en el que podría desembocar la dificultad presente que nos hiere. ¿Duro, verdad? Claro, escuece, como todo lo que cura de verdad. Pero para tampoco sucumbir al escozor excesivo del alcohol a mansalva, podemos pasar ese peor escenario por el tamiz de tres criterios: Gravedad, Irreversibilidad, y Probabilidad. Y preguntarnos: ¿Hasta qué punto resultaría grave, comparado con los temas realmente graves de la existencia (enfermedades mortales, dolor crónico o pérdida de los seres amados)? ¿Es una situación que sería eternamente irreversible, frente a la que –nunca- podremos hacer absolutamente nada para revertirla o matizarla? Y finalmente: siendo realista y tirando de estadística pura y dura, ¿Qué posibilidades hay de que ese escenario impeorable llegara a acontecer? Hay que vigilar que las respuestas a dichas preguntas las formule la razón, pues si las riendas las toma la angustia, el pánico o la ansiedad propias de según qué heridas, seguro que nos daremos la razón catalogándolo todo como gravísimo, seguro e irreversible. O nos lo preguntamos desde la calma y la perspectiva precisa para analizar la validez de la información objetiva en la que se sustentan nuestros juicios… o mejor no nos preguntemos nada, pues la respuesta será, amén de falsa, agorera hasta la taquicardia. 2. ARGUMENTOS PARA ACEPTAR EL PEOR ESCENARIO. Una vez dibujado ese peor escenario plausible, y por mucho que tras el tamiz de la razón no resulte ni tan grave ni tan seguro ni tan definitivo, cabe aguantarle la mirada, y preguntarnos: Aún si llegara ese apocalipsis terminal, ¿Qué podría seguir haciendo de valioso? ¿Qué seres queridos me quedarían por amar? ¿A qué podría dedicar mi vida que merezca la pena? Una vez más, la clave estriba en vigilar que las preguntas las conteste nuestro yo más inteligente, objetivo y realista, y no los voceros más neuróticos de nuestro pánico. 3. QUÉ SE PUEDE HACER PARA EVITAR / MINIMIZAR LAS POSIBILIDADES DE QUE ACONTEZCA. Ya aceptado y contextualizado ese peor escenario, ahora es el momento de aparcar reflexiones y lanzarse en pos de la situación a abordar, pasando de la pre-ocupación a la ocupación. ¿Qué está en mi mano hacer para que ese peor escenario no acontezca (o para que de peor se quede en meramente malo o incómodo? ¿Cómo dejo de transformarlo de indeseado a indeseable? De lo que depende de mí, ¿Qué es lo prioritario? ¿De qué recursos dispongo? ¿Con qué aliados cuento? ¿Por dónde puedo y me conviene empezar? 4. DIRECCIÓN CONSCIENTE Y VOLUNTARIA DE LA ATENCIÓN. Siempre: prestar atención a la propia atención. ¿En qué me estoy enfocando? ¿Qué me colapsa el pensamiento? ¿Qué efectos prácticos y emocionales conlleva girar obsesivamente alrededor de estos pensamientos? ¿Es lo más realista, inteligente y conveniente para abordar mi situación? Cada vez que nos demos cuenta que nos obsesionamos recursivamente con aspectos gratuitamente dolorosos, estériles o meramente posibles: CORTAR. Desviar voluntariamente la atención de ello, y dirigirla tirando de voluntad hacia aquellos aspectos que nos permitirán actuar más eficientemente sobre las causas de nuestras heridas. 5. EJERCICIO FÍSICO. Frente al abatimiento del lamento excesivo o la angustia soterrada del mirar hacia otro lado, mejor correr, nadar, sudar, andar, berrear o pegarle puñetazos a un cojín. Lo que nos aportará dos beneficios: Primero, hacer acopio de esas pilas que tanto nos faltan y tanta falta nos hacen para enfrentar todo lo enfrentable; Segundo, toda preocupación, ansiedad o miedo conlleva la generación de una adrenalina y cortisol que bien nos conviene eliminar sudando.. si no queremos, amén de amargarnos, envenenarnos la salud (Porqué las cebras no tienen úlceras de estómago). 6. RESPIRACIÓN VOLUNTARIA: concentrar y rebajar. Si algo tienen todas las emociones es que en cuanto aparecen nos cambian el patrón de respiración. Y como ya aprendimos en Transformando nuestras emociones: del control al reciclaje, incidiendo voluntariamente sobre él, influimos directamente sobre las emociones que lo provocaron. Muy a menudo, enfrentarnos a retos y heridas nos provoca emociones cercanas al miedo, la inquietud, la ansiedad, y la angustia, todas ellas tan desagradables como limitantes. Por ello, concentrarnos en nuestra propia respiración y hacerla más artificialmente profunda, abdominal y lenta ayuda a rebajar progresivamente esa tensión que, a su vez, nos ayudará a no obsesionarnos con la versión más limitantes de los peores escenarios (todos ellos, insoportables) que desde la angustia nos inventamos obsesivamente. 7. FACILITAR EL DESCANSO. Una de las peores consecuencias de las preocupaciones obsesivas es su impacto en el sueño. Para recuperarlo total o parcialmente (condición sin equa non para poder enderezar rumbos torcidos), nos conviene tirar de cansancio físico (sudar hasta quedar exhaustos facilita el caer como una piedra en la cama), Respiración o Sexo (que no será lo ideal, pero también vale con uno mismo). Cualquier truco distraernos del propio hilo mental, apartándonos de la madeja de monsergas agoreras con que nos bombareamos compulsivamente desde la inquietud. Desde abrir los ojos y negarnos el derecho a cerrarlos (ya veréis que ganas os entran de hacerlo…) hasta “ver” la TV ojos los ojos cerrados (atentos a los diálogos), música, atención a nuestras sensaciones físicas (y nuestra reacción a ellas). Probad hasta encontrar el que os funcione. 8. PAJA MENTAL. Así me gusta llamar a la conocida técnica de autosugestión del Haz como si ya todo hubiera pasado o ya hubiéramos aprendido a vivir en paz con lo que nos preocupa. Como en el caso de la masturbación, nuestras pajas mentales de paz y aceptación no serán realidades fácticas en el momento de hacérnoslas… pero a falta de pan, buenas son tortas. Que la paja mental nos ayude a predisponernos a hacer aquello que acabará sanando nuestras heridas es una opinión -que comparto-; que nos ayuda a desconectar un ratito de nuestros lamentos, es un hecho que ya justifica el onanismo emocional. III. CONCLUYENDO, QUE YA TOCA SANAR La sanación de nuestras heridas pasa, como siempre, por un justo medio aristotélico entre la mercromina y el alcohol: el agua oxigenada. Desdramatizar, aceptar nuestro dolor… y a la mínima oportunidad reírnos a carcajadas de nosotros mismos y de nuestras neuritas miopes y egocéntricas (el 99%). Eso sí: sin caer en la tentación de utilizar tanto relativismo (potencialmente sano) como coartada para mirar hacia otro lado y no enfrentarnos a nuestros retos, heridas y cuentas pendientes. Tan sencillo de decir como complejo de llevar a cabo: afrontar sin regodearnos en nuestro dolor, ni utilizarlo como medalla, ni justificante ni atajo a cielo alguno. El alivio a la corta no soluciona, sino que agrava. Pero el dolor innecesario no da galones: quita vida. Esa que, según la mayoría de científicos que aplican métodos aceptados por la epistemología de la ciencia, es la única que tenemos. Y bien cortita, por lo que parece, comparada con la eternidad de la que provenimos y hacia la que nos encaminamos cada segundo de nuestra vida (especialmente, los que desperdiciamos). El agua oxigenada hace milagros. Eso sí: requiere tomarse la molestia de encontrar su receta y el esfuerzo de destilarla, siguiendo los pasos e ingredientes antes descritos. Como todo en la vida, cuestión de Paciencia, Humildad y Constancia. Esas tres virtudes cardinales que, como ya vimos en El Yoga de la superación cotidiana, tanto escasean. Con la faltita que nos hacen… Como la tierra: el agua oxigenada, para el que se la trabaja. Cuesta destilarla, nadie lo ha de hacer por nosotros… pero el esfuerzo bien merece la pena. En un momento u otro la vida va a herirnos irremediablemente, así que mejor que nos pillen sus zarpazos con el botiquín bien equipado. De no hacerlo, nos condenaremos a los rigores de la mercromina o el alcohol, a sufrir o a infectarnos las heridas. Y siempre podremos echarle la culpa a las farmacéuticas, claro, pero ya sabemos que sólo nosotros seremos los responsables de ello. Será incómodo aceptarlo, pero de lo más desinfectante.
5 de agosto de 2020
Algunos de vosotros os habréis dado cuenta de que llevo casi un año sin escribir un sólo artículo en este blog. Otros, hasta me habéis escrito preguntándome porqué. La respuesta es tan sencilla como contundente: porque no me sentía legitimado a volver a hacerlo hasta que pudiera permitirme esa congruencia que tanto cacareo en mis clases y charlas. Y he pasado demasiados meses sin estar a la altura de quién soy y sólo ahora, que ya voy pareciéndome algo a mí mismo, me considero digno de volver a asomar por vuestra atención. Hay escenarios y momentos en la vida que no son precisamente una invitación a la euforia. Decepciones, traiciones, fracasos, enfermedades y todo un doloroso etcétera pueden resultar toda una asistencia a la rabia, la decepción, la tristeza, el odio, el resentimiento, la angustia… Mi vida, tal como la concebía, pareció estallar en mil pedazos en Agosto pasado, todo un compendio de contratiempos y agravios uno encima del otro. Pero los que hayáis seguido este blog bien sabéis cómo defiendo que la realidad influye –y mucho- en cómo nos sentimos, pero que sólo lo determina nuestra significación de ella. Nuestra vida no la marca a fuego lo que nos sucede, sino lo que hacemos nosotros mismos con aquello que nos suceda. Ahora, que ya me baño goloso en la luz al final del túnel, es el momento de hacer una crítica sensata de qué he hecho yo con mis dolores durante este último año, y extraer de ella valiosas lecciones a compartir con quienes os interese. Pero supongo que para poder entender esos aprendizajes deben conocerse algo de los hechos de los que emanan, y me tocará entrar en los detalles que tanto he dejado que me marquen. Si te interesa conocerlos, Aunque no me vaya mucho el estilo autobiográfico, entender según qué categorías precisa de conocer las anécdotas de las que se desprenden. Sin tener muy claro donde empieza la explicación pertinente y dónde el chafardeo intrascendente, debo compartíos que vengo de pasar el año más duro de mi vida. ¿Qué hechos se han tirado un año entero pesándome como plomo en los pies? I. DEL PARAISO AL INFIERNO: los hechos que tanto influyeron. Agosto de 2017. Acabé Julio soñando con unas vacaciones todavía pendientes y jugando a inventarme como empezar mi vida en Septiembre: sueños de trekkings lejanos, nuevas ilusiones personales, proyectos profesionales para hacerme con mucho más tiempo libre… Todo al suelo en cuatro días: el día 2 de Agosto, aviso de que tenía que dejar en unas semanas el hogar donde llevaba viviendo 13 años; el 4, percance en un piso en que una dejadez ajena pudo conllevar la ruina propia; el 7, a uno de mis seres más amados le prediagnostican una dolorosa enfermedad degenerativa sin curación posible; el 17 se producen los terribles atentados de les Rambles. A lo largo de Septiembre, va cobrando forma de certeza la sospecha que una familia que llevaba años apadrinando se iba a negar a devolverme el piso que les había prestado durante tres años y que ahora yo necesitaba. Y como guinda, pronto sufrimos las salvajadas del 1 de Octubre y sus múltiples resacas. Mi mundo, mis principios, mis valores hechos fosfatina de arriba abajo, de lo personal a lo social, sin dejar nada en pie. Ni mi hogar, ni mis valores, ni mi país… Entre muchas angustias, estupefacción, miedos y rabias pasé los meses de Octubre y Noviembre en los que logré alargar, tras mucho mendigar, la estancia en el piso de Gràcia que todavía sentía como mi hogar y que pronto debería abandonar. Y lo peor estaba por empezar: el 1 de Diciembre me vi abocado a una vida nómada arrastrando maletas de piso en piso de amigos, pues todavía me aferraba a la esperanza infundada que la ingratitud de esa familia, tan estúpidamente mantenida, tendría un límite… y recuperaría mi techo de un día para otro. Fueron meses en los que dedicar cada segundo que me sobró del overbooking profesional a luchar contra la rabia homicida que a ratos me invadía, a contener el odio para que no acabara por envenenarme y plantarle cara a la insoportable sensación de traición y desahucio que me invadía (y que todo ello no afectara ni mis clases ni mi proyectos ni mis clientes particulares). Puse en práctica todas las herramientas, reencuadres y acciones con las que me he tirado cuatro años sermoneándoos para intentar contener el diluvio… y siempre sirvió de algo, pero nunca para tanto como deseaba. De Agosto a Diciembre no pude ni siquiera soñar con salir del mar tras el naufragio, limitándome a intentar aferrarme a cuatro mástiles para no ahogarme. ¿Fui lo suficientemente torpe para no salir del naufragio en el que me sentía… o lo suficientemente hábil para no ahogarme en él? Todavía no lo sé. Ambos, supongo. II. DEL INFIERNO AL PURGATORIO: como sacarme de dónde yo mismo me metí. Seguí sin pasarlo mucho mejor desde Enero hasta Abril, pero supongo que la experiencia de meses de agonía, la práctica de un otoño horrible, las pilas de mis pasiones profesionales o la mera extenuación me permitieron empezar a disfrutar de una cierta perspectiva que, contra viento y marea, llevaba meses intentando construirme (con éxito, sí, aunque más que humilde). Empecé el año descartando esa posible enfermedad de un ser amadísimo (que, al final, no fue más que un terrible ejemplo de mala diagnosis y de cómo los malos médicos actúan como meros fontaneros –y muy chapuzas- de cuerpos). Por fin acabé resignándome a denunciar a esa familia que tan cándidamente mantuve durante años… y seguí aprendiendo a aplicar lo mejor que pude todo lo que racionalmente tan bien sé. Me tiré estos meses aprendiendo a luchar a brazo partido contra todas esas emociones limitantes (tristeza, despecho, rabia, asco, impotencia, vergüenza, odio) que llevo años avisando de la facilidad con la que nos pueden reducir a mera caricatura apocada de quién en realidad somos. Meses apretando dientes, confabulándome para no volverme -anegado de tanto resentimiento e impotencia- en un ser amargado y vengativo en quien nunca consentiré convertirme. Meses entrenando el estómago para que mis jugos gástricos aprendieran a digerir lo indigerible. Finalmente, en Abril me alquilé un techo desde donde esperar a recuperar mi piso y -a ratos mejor, a ratos peor- seguir capeando el temporal. III. DEL PURGATORIO AL PARAÍSO: transformando la mierda en estiércol El calendario se alió con mi tozudez, y el tiempo permitió que se acumularan los granitos de arena de mi sentido común hasta formar una discreta montañita de lucidez que me brindara un mínimo de perspectiva razonable. Y los hechos empezaron a conspirar a mi favor. Tristemente, tuvo que ser la ley la que llegara donde la decencia no alcanzaba, y a principios de Junio recuperé mi piso sin necesidad de sucumbir a según qué orgías de sangre que las entrañas me exigían a alaridos, pero que mis principios me negaban. Además, el 1 de Agosto -curiosa efeméride, justo un año después del principio de todo- encontré el piso en BCN tan extenuantemente buscado durante meses y meses. Y hoy, ya libre de agravios y a un puñadito de semanas de cerrar definitivamente el episodio más nauseabundo de mi vida, me toca el reto más importante de todos: dar sentido a lo vivido. Porque de nada sirve el dolor si se limita a su sufrimiento mientras dura y al mero alivio al cesar. El dolor sólo cobra sentido cuando mejoramos gracias a él y aprendemos a utilizarlo como trampolín que nos catapulte mucho más allá de donde estábamos antes de que llegara. De nada servirá el sufrimiento si, tras él, nos limitamos a regresar – y malheridos- a la misma vida de la que el dolor nos apartó a zarpazos. Si así fuera, el dolor no sería más que una tortura gratuita, un paréntesis vacío, un tiempo perdido expropiado de nuestra vida sin reparación alguna. Y me niego: la única manera de vengarme del dolor sufrido es utilizarlo yo ahora él, más todavía de lo que él me utilizó a mí durante el último año. Lo que he vivido este último año ha sido un cúmulo pútrido de traición a mis principios y valores, derrotas personales y sociales, impotencia, odio a verdugos que pisotearon mi moral… Una descomunal montaña de mierda. Ahora, es mi responsabilidad no limitarme a limpiarla, sino transformarla en estiércol que fertilice un futuro próximo que, no a pesar de sino precisamente gracias a, será infinitamente más exuberante que si nunca hubiera aparecido. Lo ya sucedido en el pasado no puedo cambiarlo; su impacto en mi futuro, sí. Y me confabulo a destilarle hasta el último de los aprendizajes posibles, tan valiosos que hasta me hagan agradecer todo este sainete cruel. El sufrimiento de un año me ha quitado mucho, muchísimo, pero me confabulo a que lo que atine a aprender de él me aporte muchísimo más de lo que me costó. Durante todo este año, algo debí hacer bien, pues no he acabado en un manicomio ni en la cárcel, y este otoño va ser la catapulta definitiva a los mejores años de mi vida. También, seguro, he debido hacer muchas cosas mal, pues con los tiros que llevo pegados -y dedicándome a lo que me dedico- he sufrido como un cerdo abierto en canal. ¿Qué atiné a hacer para ventilar todo este cúmulo de vertederos? ¿Y qué hice para, sin darme cuenta, ensañarme contra mí mismo y enconar las llamas de esos incendios que no provoqué? ¿Cómo supe disminuir el importe de las facturas inherentes a tantas fracturas? ¿Y cómo las multipliqué yo mismo más allá de su propio importe? Los próximos posts los dedicaré a compartir con vosotros esos aprendizajes. Dicen que Churchill dijo que “La crítica no es agradable, pero es necesaria y cumple la misma función que el dolor en el cuerpo humano”. Espero que los frutos de esa crítica os resulten a vosotros tan útiles leerlos como a mí escribirlos.
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